Vamos a Fumarnos un Churro

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Por Renata Ávila

LA OVEJA DEGOLLADA.

Aún recuerdo aquel instante, gritos desesperados y sirenas de ambulancias, estaba yo en medio de una persecución, hombres encapuchados descendían de camionetas lujosas, traían armas, cercaron una vivienda que  parecía abandonada.

Todo se intensificó, comenzó a escucharse fuertes golpes, como si alguien tratará de tirar alguna puerta de metal.

   – ¿Quién es?

Cuestionó una voz un poco aguada, parecía como de una joven.

-¡Que salga el cabrón, ya sabe el hijo de puta que lo estamos buscando!, ¿para qué se  hace guey?… ¡Dígale a ese marica  mal parido que si no sale en 5 segundos entraremos por él, y no estamos jugando, aquí traemos al pinche Juanito¡…

Del interior de uno de los vehículos se escuchó una voz.

          -¡no por favor noo, mis dedos noooo¡

Sin embargo, la puerta siguió inmóvil, la voz desapareció. Un aroma muy difícil de describir se comenzó a mezclar con la humedad del ambiente, el cuerpo sin vida de un joven de 20 años yacía a la mitad de la calle, cuestión de segundos se escuchó una gran explosión, los sujetos entraron disparando al domicilio…

-¡se nos peló el hijo de puta¡

Aquella casa blanca con el número seis a la entrada, ubicada a la mitad de la calle Zaragoza, pertenecía a Don Pedro Martínez, un hombre alto, delgado, un poco huraño, que había dedicado casi toda su vida a atender su viejo negocio de abarrotes.

Hoy  aún recuerdo aquel 15 de septiembre, ya va hacer dos años, Eulalio Flores acababa de haber tomado protesta como máxima autoridad de Santa Elena, su esposa Rosenda, le había propuesto a Don Pedro como tesorero de su administración,a su parecer había hecho muy buen trabajo con su negocio.

Pobre viejo aquel, quién iba a pensarlo, bien lo decía Doña Remedios, que para qué se aventuraba con esa bola de ladrones. Ahora si como bien dicen, la curiosidad mató al pinche gato, pero que maldita suerte la suya.

No pasó ni una semana para que Don Pedro Martínez estuviera firmando contrato como burócrata, fue ahí donde me lo encontré:

        -Buenos días Don Pedro, ¿a qué debemos el honor de su visita?

Pregunte.

        -¿Qué no sabe las nuevas?

Alegué que no.

        -Déjeme le cuento que el señor presidente me mandó llamar, quiere que sea el nuevo tesorero municipal, usted cree, que buena suerte la mía. Siempre había querido servir a mi pueblo, y por supuesto que acepte.

Aquel hombre nunca se imaginó lo que le esperaba.

Las primeras semanas las cosas comenzaron a caminar muy bien para Don Pedro, debido a su habilidad  lo primero que hizo fue sacar una lista de los morosos que tenían cuentas pendientes con el ayuntamiento por el pago predial. La administración comenzó a tener un giro radical, aunque las inconformidades de los pobladores no se hicieron esperar.

No podían creer que el viejo tendero tuviera unas uñas tan afiladas, todo mundo comenzó a murmurar del aparente gran error que el presidente municipal había cometido con esa designación.

Los rumores llegaron hasta los oídos de Remedios  que llena de pena comenzó a comer de manera desesperada mientras observaba la caída de la clientela en la tienda de su viejo. Ni Felicia, su amiga de infancia, quería irla a visitar, se sentía tan preocupada, angustiada, que además de comer se la pasaba con el rosario en la mano.

20 Aves Marías y 10 Padres Nuestros, se convirtió en parte de la rutina de la esposa de Don Pedro. Como las gallinas, se despertaba antes del canto del gallo, tomaba un viejo cepillo de cerdas de plástico y se hacía un chongo un poco flojo a la mitad de la nuca, luego se vestía e iba a recolectar algunos troncos viejos para calentar el anafre y así prepararle algo de comer a su viejo.

El matrimonio de Don Pedro Martínez y Remedios Hernández, casi cumplia cuatro décadas de haberse consagrado. Fue una hermosa boda, de esas que inician un día y terminan al día siguiente.

Remedios era la menor de dos hermanas, desde pequeña se había caracterizado por tener un carácter un poco seco. Cuando Pedro llegó a su vida, parecía que el corazón de la menor de las hermanas Hernández comenzaba a ablandarse, aunque nunca logró ser como Cecilia su hermana.

Cecilia estaba casada, por paradójico que parezca, con el hermano mayor de Pedro Martínez. Fue Cecilia que incitó a Remedios a comenzarle hablar a Pedro. Fue Cecilia quien pasado un año de frecuentarse, obligó a su cuñado Pedro a pedirle matrimonio a su hermana Remedios. Fue Cecilia, a escondidas de su marido, que un día se llevó a Remedios a elegir al pueblo vecino el vestido que portaría en su nada despreciable boda.Cecilia incluso fue quien eligió lo que desayunarían, comerían, cenarían y volverían a desayunar en la tornaboda de su hermana.

Al menos dos marranos y una vaca, fueron los animales que Pedro y Juan tuvieron que sacrificar para darle gusto a las damas. Un rico asado de bodas y birria en pencas de maguey terminaron siendo el plato fuerte de la ceremonia nupcial.

Luego de la boda, comenzaron a venir los hijos, Pedro, antes de la tienda de abarrotes, tuvo junto con su hermano al menos dos cantinas, una en el centro del pueblo y la otra en una parte  de su casa, donde terminó llevando a vivir a su amante. Situación que le causó a Remedios un gran dolor y se terminó de refugiar en la comida.

Casi todos los hombres de Santa Elena, sin importar la hora,  no salían de las cantinas de los martínez. Lejos de que eran de las pocas cantinas que había en aquella época de aquel pueblo, las cantinas de los martínez siempre estaban repletas por el buen ambiente que se vivía, los martínez eran especialistas en sacarle lo pizpireto y dicharachero a cualquier alma.

Juan tocaba la guitarra y Pedro cantaba, Juan era un hombre alto y un tanto atlético y, Pedro pequeño y delgado.

Apenas tenían un par de años de haber llegado a Santa Elena cuando conocieron a las hermanas hernández, Juan y Pedro eran originarios de los Altos de San Sebastián, se habían mudado a Santa Elena siguiendo a su madre María Quilitina, quien era viuda, junto con ellos se fue su hermana Tomasa.

Si Remedios tenía un carácter difícil, le quedaba corto comparado al que tenía su cuñada Tomasa, quien a pesar de su varios años mayor que Pedro nunca se casó, Al morir su madre (María Quilitina) lloró tanto que para intentar bajar lo hinchado se terminó colocando un par de jitomates calientes en las cuencas de los ojos y terminó perdiendo la vista.

Pedro y Remedios tuvieron 10 hijos, aunque con los años sólo tres sobrevivieron, Rosalba, Guadalupe y Juan. Seis salieron idiotas y  con el pasar de los años fallecieron, uno más, murió en el parto.

Entre las infidelidades de Pedro y las tragedias, a Remedios no le quedó otra que refugiarse en dios, se volvió la más devota del pueblo, se convirtió en la organizadora de casi todas las peregrinaciones y fiestas patronales. Su casa casi siempre olía a atole, le gustaba hacerlo en una enorme cazo de cobre, luego de moler los granos en el metate, Remedios colocaba un par de piedras de río en el cazo, decía que con ellas evitaba que el atole se quedara pegado.

No fue hasta que murió María Quilitina, cuando Pedro decidió retirarse del negocio de las cantinas e intentó contentar un poco a Remedios poniéndole una tienda de abarrotes en la casa que él terminó administrando.

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