¿QUIÉNES SOMOS?…

Vamos a Fumarnos un Churro

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Por Renata Ávila

Todo comenzó una tarde helada donde la vida parecía opaca por el gris del cielo, solo el susurro del viento se lograba escuchar entre las callejuelas casi vacías de aquel pintoresco pueblo.

La vieja señora de la casa rosa salía al frente de su hogar con una silla para esperar el ocaso, o tal vez, aquel hombre que la abandonó con su cuatro hijos hace ya un par de décadas, quizá por una ilusión, el famoso Sueño Americano.

Las polvaredas se podían divisar a lo lejos, aquellas que acostumbraban embriagar con su aroma a quienes osan pasar a su lado.

Caminé un poco por aquel viejo escenario, me topé con una cara conocida, una mujer delgada, pálida, con el cabello largo y maltratado, paso junto a mí con la cara agachada, llevaba en sus manos una vieja cubeta repleta de algún grano listo para ser molido.

Avancé, más casas, algunas parecían abandonadas, llenas de polvo, puertas y ventanas en mal estado, como si hubieran estado guardadas en algún desván, olvidadas de la sociedad.

Agilice el paso, el  tic tac, tic tac de mi pecho se intensificó, mi mente comenzó a ser bombardeada por extrañas preguntas: ¿A dónde voy?

No lo sabía, solo sentía una inmensa ansia de llegar.

Las manos empezaron a sudar, ese sudor incómodo, pegajoso y excitante a la vez, se desató del cabello el viejo prendedor que lo sujetaba, el aire comenzó a jugar con mi cabello, el tiempo quedó inmóvil, como suspendido en el espacio, todo se tornó borroso, como un erróneo dibujo plasmado en una hoja de papel, no le puse atención y seguí, se me fue la respiración.

Como si fuera parte de un acertijo reapareció la interrogante, tras ella un pavor tan intenso, me sentía angustiada frente a tanta incertidumbre, solo tenía presente que no podía parar, el reloj de arena ya había sido puesto sobre la mesa.

Como entre la neblina una gran puerta apareció frente a mí, parecía fabricada por un herrero, se abrió y no sé qué extraño sentimiento se apodero de mi ser que me hizo entran en ella.

Era una casa grande, llena de inmensas pinturas, las paredes eran de color marrón, había una sala un poco vieja de esas que acostumbran capturar la silueta de aquel que se atreva sentarse en ella, una pequeña mesa de madera se encontraba a la mitad de la estancia, había un cenicero algo lleno, a la mitad de aquella estancia había un librero, en él una que otra fotografía, me acerque cuidadosamente para observar las imágenes y un rara sensación parecía alertarme que algo no estaba bien, era una mujer la que aparecía en los retratos, yo la conocía, estaba segura que ya la había visto en algún sitio.

Como un clavo, la pregunta volvió a aparecer y la habitación se oscureció.

De repente, una tenue luz se cruzó en mi camino, parecía indicarme la existencia de una segunda puerta, moví lentamente la manija de aquel desconocido sitio e ingrese, había una persona  de espaldas recostada en una cama, parecía la silueta de una mujer, lentamente me acerque para ver de quien se trataba y cuál fue mi sorpresa al ver su rostro, pues era yo aquella mujer.

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