¡NO NOS LLAMEMOS A ENGAÑO!

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Eduardo Valencia  EDUARDO VALENCIA

¡Neta! ¡No nos llamemos a engaño!, ni permitamos que una bola de vivales nos traten de confundir, diciendo que ya ganaron porque una “encuesta” les “favorece”. No la chiflen que es cantada.

Ya ven que, algunos, hasta por una foto, con personajes de dudosa reputación, sólo porque son “dirigentes nacionales” de un partido, creen que van en caballo de hacienda o, en burro gubernamental.

En fin, una cosa es clara: por muchos años, las encuestas (polls), han sido objeto de elogios o denuestos.  Y, claro que existe el cuchareo y sobre cada encuesta hay una nube muy gris de duda.

Sobre todo, porque se hacen a la mexicana, sí, por partidos y candidatos a la mexicana, así es que, conociéndolos, casi nada honesto ha de salir de la encuestitis.

Por siempre se ha dicho que la encuesta es de quien la paga, así como que son trajes a la medida, ¿u qué? No por nada las “encuestadoras”, a la mexicana, se han convertido en un muy lucrativo negocio.

Y, claro, se buscan nichos de confort para ciertos personajes en cuestión o, tal vez, de confort, en apariencia:

Por ejemplo, si hacen una encuesta en ciudad peluche, la llamada ciudad administrativa o ciudad gobierno o el reino de la güeva, pues nadie en su sano juicio dirá que está en contra del candigato del PRI, ¿no?, pues va su chamba de por medio. Aunque, por dentro, muy en su sentir, les esté recordando el 10 de mayo.

Bueno, por cuestión del tema y que ¡no nos llamemos a engaño!, trataré de opinar lo menos  y teorizar lo más, o sea, con manzanitas, o como diría David Silva: A los hechos, ¡señor!

La palabra “poll”, proviene de polle en Middle English (inglés hablado entre los siglos XII y XVII) y significa: “parte superior de la cabeza”, es decir, la parte visible al contar cabezas.

Los polls son el lugar donde se cuentan las cabezas y poll (encuesta), es el recuento (¿o re-cuento?) de una muestra de cabezas elegida al azar o por una distribución  previa para reflejar las opiniones de una población dada (Safire).

Roll y Cantril nos dicen que, desde el punto de vista de un candidato para un cargo público, permiten llevar a un máximo su fuerza potencial, determinar el contexto más apropiado para encarar una cuestión y apuntar las debilidades de un adversario.

Cabe mencionar que encuestador (pollister), es el nombre de quien mide esta opinión pública; el término “pollister”, es “relativamente nuevo”, nada más desde la segunda guerra mundial.

Empero, quienes trabajan en este ámbito, prefieren la denominación de analistas de la opinión pública. ¡Wooorale!, seguramente siguen inventando el hilo negro y el agua tibia.

A lo largo de los años, los críticos señalaron  defectos en las encuestas de opinión pública. Observaron, por ejemplo, que no toman en cuenta la resistencia de la gente a revelar a extraños sus sentimientos personales profundos.

Además de no captar el conocimiento que sustentan las preferencias  de las personas ni con cuánta fuerza, éstas se vuelcan a su elección.

Rogers, uno de los primeros críticos, cuestionó que las encuestas midieran lo que la gente piensa, pues señaló que lo que una persona  dice a los extraños, a los conocidos, a los amigos, a su cónyuge, a él mismo y al dormir, acaso varíe mucho. No hay que perder de vista que somos teatrales, diría mi maestro de sicología social, Antonio Delhumeau.

Asimismo, los encuestadores, afirma Rogers, son incapaces de comunicarnos la intensidad de los “sí” y los “no”, que ellos afirman oír.

Los críticos han señalado otro problema en las encuestas: Una parte del sondeo de opinión está, total o parcialmente, falsificado.

¡Ah!, pero una prensa crédula, acepta sus resultados prefabricados; se deja que los resultados  favorables  de una encuesta privada se filtren para obtener mejor información periodística para un candidato o mayor apoyo financiero, o se dan a publicidad, durante el período de sondeo, los resultados que favorecen a quien ocupa el cargo para mejorar su posición en la encuesta. ¡No nos llamemos a engaño!

Hennessy afirma que las redes de emisoras han sido criticadas por extrapolar a los ganadores de elecciones. Los estudios indicaron que los partes oficiales prematuros y las predicciones de la computadora, los días de elección, influyen, pero los resultados son poco claros y, en parte, contradictorios.

Otra objeción es que las encuestas políticas brindan una ventaja desleal a personalidades muy conocidas, pues acaso la gente indique a los encuestadores su preferencia en ese sentido, simplemente, porque ha oído hablar de ellas.

Sí, nos preguntan: (bueno, a mí nunca me han encuestado) ¿Conoce a fulanito de tal? Y luego salen con que “es el más conocido”, pues sí, pero no especifican cómo o de qué lo conocemos, así es que el fulanito de tal, pues, casi siempre, resulta un tal por cual.

Los observadores señalan también que, con demasiada frecuencia, se va demasiado lejos al interpretar los resultados de una encuesta.

Blumer critica a los encuestadores de la opinión pública por limitarse a sumar las opiniones de los individuos separados e ignorar el hecho de que, individuos y grupos, no son semejantes en cuanto a su influencia y, por lo tanto, tampoco lo es su efecto sobre la opinión pública.

Como lo apuntan Roll y Cantril: “Una encuesta puede ser, aproximadamente, tan reveladora como una instantánea, tomada en el trecho inicial de una carrera de caballos, que nada dice acerca de lo que ocurrirá en la línea de llegada”.

Además, a menudo hay precipitación para obtener los datos, antes de que las opiniones  hayan cristalizado, realmente, acerca de una cuestión, problema que George Washington advirtió hace siglos. ¡Ups!

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