En México, un régimen basado en la tortura

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El dilema fundamental en México hoy día es qué tanta viabilidad hay de que se pueda construir un régimen democrático sin tener que recurrir a la violencia. No se vislumbran posibilidades concretas, a menos que el grupo en el poder entienda el imperativo de no seguirle “jalando los bigotes al tigre”, tal como quiere seguirlo haciendo. La pregunta obligada es si lo hace motu proprio o sigue instrucciones de los poderes fácticos. Al paso de los años se ha puesto en evidencia que no hay necesidad de darle órdenes, sino que actúa con plena convicción de que su modo de ejercer el poder es el correcto.

En tres décadas se consolidó la hegemonía de una élite burocrática decidida a instaurar un régimen autoritario, antidemocrático, afín al cien por ciento a los intereses de una oligarquía reaccionaria. Los hechos son por demás elocuentes al respecto. Sólo que las consecuencias son muy dramáticas, porque las contradicciones sociales y económicas se han agravado a extremos insólitos, de ahí que el “gobierno” de Enrique Peña Nieto camine con tropiezos a cada paso, situación que se agrava porque no tiene una mínima voluntad de corregir el rumbo.

Obviamente tal estrategia es inviable en las actuales circunstancias, porque lo único que se habrá de lograr es llegar más pronto al precipicio del que ya no podríamos salir. Todo anda mal en el país, aunque no toda la culpa la tiene Peña Nieto, pues heredó una cauda de problemas estructurales gravísimos. Pero sí la tiene de estarlos agravando, sin que tenga una mínima conciencia de lo mal que está actuando. Al parecer está convencido de que se puede “gobernar” a través de los medios electrónicos; pero sin que haya una elemental correspondencia con la realidad, tal creencia es inviable.

Sólo queda la vía del autoritarismo, que es la que está siguiendo el inquilino de Los Pinos, para beneplácito de la élite oligárquica y de la Casa Blanca en Washington. Sin embargo, se trata de una decisión imposible de mantener de manera indefinida, porque más temprano que tarde acabará agotando la paciencia de un pueblo que está sufriendo terribles calamidades, como lo hizo notar a Peña Nieto la cúpula de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) en la reunión que tuvieron en días pasados. Señalaron que están profundamente preocupados por “la pobreza, el desempleo y la violencia” que priva en el país.

El fondo del problema es que la alta burocracia en el poder no parece darse cuenta de la realidad, o lo que sería peor, que de plano le importa un bledo. Por eso cobran relevancia las llamadas de atención que hacen organismos o personajes extranjeros sobre la dramática realidad que se está viviendo en México, pues sólo a ellos se escucha o atiende. El relator especial de Naciones Unidas sobre la Tortura, el argentino Juan Méndez, afirmó en Ginebra, Suiza, que “la tortura en México es un fenómeno generalizado”. Destacó que “existen casos de tortura en todos los niveles del Estado: a nivel federal, regional y local”.

En pleno siglo veintiuno es impensable que un régimen se pueda sostener indefinidamente con base en el uso indiscriminado de la fuerza, mucho menos si presume que se rige por un sistema de leyes con el fin de apuntalar el Estado de Derecho. Los hechos demuestran una contradicción evidente entre la realidad y lo que quiere hacer creer el grupo en el poder a las cúpulas oligárquicas. En la actualidad no hay condiciones mínimas para dar garantías de seguridad a los inversionistas extranjeros, porque la violencia y la inseguridad siguen siendo el común denominador en las relaciones sociales.

Lo más dramático del caso es que la situación cada día se pondrá peor, porque la burocracia dorada carece de los más elementales principios de ética política, de sensibilidad social y de capacidad para enfrentar el divorcio creciente entre gobernantes y gobernados. No importa ya lo que se mienta en los medios electrónicos, la realidad es por demás obvia para que se pueda ocultar: vivimos bajo un régimen autoritario que no tiene otra meta que saquear a la nación, conjuntamente con la cúpula de la oligarquía, con la convicción de que los problemas que surjan al paso del tiempo serán asunto de los que sigan al frente de las instituciones.

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